Cuarta planicie: postulados de la lingüística...

La cuarta de las mil planicies, «20 de noviembre de 1923 — Postulados de la lingüística», despliega la crítica contra estos cuatro postulados:
i. Que el lenguaje sería informativo y comunicativo.
ii. Que habría una máquina abstracta de la lengua, que no recurriría a ningún factor «extrínseco». 
iii. Que habría constantes o universales de la lengua, que permitirían definirla como un sistema homogéneo.
iv. Que sólo se podría estudiar científicamente la lengua bajo las condiciones de una lengua mayor o standard.
El siguiente artículo es una pieza magistral para la actualización de la crítica al primero de esos postulados.




[Metropolis (1927), o «lo que importa es quién manda»]


Breve envío sobre la ensignación

Florencio Noceti

[Publicado en el dossier sobre lenguaje de Dialéktica 18]




La empresa dirigida por el lenguaje está, pues,
condicionada por un tremendo menoscabo de la libertad.

Oswald Spengler.


En la Alemania pre-hitleriana

Vamos a la República de Weimar: Marlene Dietrich sube a escena dos veces por noche, y Adolf Hitler se pudre en una cárcel común. Ocurren muchas otras cosas no tan fantásticas pero para qué preocuparnos si a nosotros apenas nos interesan dos personajes: El cineasta Fritz Lang, y el ensayista Oswald Spengler. Y del primero un percepto en particular: Su versión cinematográfica de la leyenda de la torre de Babel. Y del segundo sólo una concepción, la de el lenguaje como técnica del correcto mandato. Ni uno ni otra son precisamente una rareza; Tanto la percepción del artista como el concepto del filósofo ocupan lugares de privilegio en lo mejor de sus obras. La leyenda de la torre de Babel es uno de los puntos de ataque de Metrópolis, y el lenguaje como técnica del correcto mandato es uno de los grados en el desarrollo de «El Hombre y la Técnica».

Les ahorro el laburo de salir corriendo al videoclub y a la biblioteca: Sostiene Spengler que tanto los clásicos como los románticos se equivocan al concebir el lenguaje. Los primeros, dice, porque cuando «se sientan delante de su mesa de escritorio, llena de libros, y meditan sobre su propio modo de pensar y de escribir» se engañan creyendo que el lenguaje expresa juicios y designa pensamientos. O, lo que es lo mismo, porque «cuando hablan de ‘Lenguaje’, piensan en el discurso, en la conferencia, en el tratado científico o filosófico». Los últimos, completa, porque «ajenos como siempre a la realidad” intentan derivar el lenguaje “de la poesía primordial de la Humanidad». Porque imaginan que el origen y la finalidad del lenguaje deben buscarse en la gratuidad de su propio uso mítico, lírico y lúdico. O sea que en definitiva el autor de «La Decadencia de Occidente» insiste en que la función primordial del lenguaje no es ni la narración, ni la canción, ni la oración, ni la conversación, como suponen estos, ni la descripción, ni la información, ni la explicación, ni la designación, como dicen aquellos.

Ni clásico, ni romántico, nuestro muchacho defiende lo que yo me siento tentado de llamar una concepción materialista del lenguaje. A la pregunta por cuáles son las formas primordiales del lenguaje, responde: «No el juicio, no el enunciado, sino el mandato, la expresión de la obediencia, la disposición, la pregunta, la afirmación, la negación». Frases brevísimas[1]: «haz esto, listo, si, ya.» En fin, y para lo que a todo uso del lenguaje respecta, se trata siempre de la ejecución de un acto. En las palabras del propio Spengler: «La concepción clara e inequívoca del acto es lo primero; y la dificultad de hacerse comprender, de imponer a los demás la propia voluntad, produce la técnica de la gramática, la técnica de la formación de oraciones y cláusulas, la técnica del correcto mandato, de la interrogación, de la respuesta, de la formación de las palabras generales, sobre la base de los fines y propósitos prácticos, no de los teóricos.» Lo que en términos más técnicos vendría a querer decir que las dimensiones gramática, fonemática y hasta semántica del lenguaje quedan para siempre supeditadas a la pragmática, pero volveremos sobre esto más adelante porque por ahora ya es suficiente teoría.

Vamos al cine: María (la divina de la Brigitte Helm) cuenta para los trabajadores de Metropolis una versión expresionista y tendenciosa de la leyenda de la torre de Babel: A unas especies de aristócratas bizantinos que parecen salidos de un cuadro de Klimt se les ocurre construir «una torre cuya cima llegue hasta las estrellas» con el raro propósito de escribir en esa cima las siguientes palabras: «¡Grandiosos son el mundo y su Creador! ¡Y grandioso es el hombre!». Pero, y según las palabras que Fritz Lang pone en boca de la propia María, «las mentes que habían concebido la Torre de Babel no podían construirla. La tarea era demasiado grandiosa. Así que contrataron manos a sueldo.» Entra un ejército de trabajadores neolíticos que parecen salidos de un cuadro de Schiele, y la arenga de la blonda sigue: «Pero las manos que construyeron la Torre de Babel no sabían nada del sueño del cerebro que la había concebido». Tres veces un cartelón que dice «Babel» en una tipografía sangrante o sudorosa (las gotas, como todo lo demás, están en blanco y negro así que no se sabe qué, pero la cuestión es que chorrean), se intercala con las imágenes del ejército neolítico de «manos a sueldo» y de los amigotes bizantinos del «cerebro que la había concebido», hasta que nuestra diva concluye: «Los himnos de alabanza de un hombre se convirtieron en las maldiciones de otros. La gente hablaba el mismo lenguaje, pero no podía entenderse …»

Como exégesis bíblica deja mucho que desear, pero es cine de culto y fuerza a pensar. Un mismo lenguaje, una misma gramática, una misma semántica, una misma fonética, una misma palabra: «Babel», para designar una misma empresa, pero que en boca de uno es un «himno de alabanza» y en boca de otros una «maldición». En el uso de uno es la bárbara alegría de un «mandato« y en el uso de otros es la ira sofocada de una «expresión de obediencia». Esto es lo que nos importa. Que nuestras dos fuentes identifiquen al polo de la emanación de mandatos con una cabeza y al polo de la expresión de obediencias con unas manos tiene aquí el valor de una coincidencia sin importancia. Que el pobre Fritz Lang acabe postulando la necesidad de un «corazón mediador» es una horrible desgracia que así como no alcanza para arruinarnos la percepción de su película, tampoco debe alcanzar para distraernos de nuestras reflexiones. Y que el canalla de Oswald Spengler insista en que las diferencias entre los que vienen a ocupar cada uno de los polos son constantes e innatas[2], es una torpeza suya que no puede impedir que nos sirvamos de sus mejores conceptos. Lo que aquí nos interesa es que en esta región de la República de Weimar, el lenguaje se piensa y se muestra como una técnica específica, la técnica del mandato y la obediencia. Lo que es lo mismo que decir que lo que cuenta no es lo que cada uso del lenguaje designa, sino más bien la consigna que transmite. Una vez más, la cuestión es -ante todo- pragmática.


En la Francia post-gaullista

Al otro lado del Elba y más de medio siglo después, otros dos personajes igualmente pintorescos, Gilles Deleuze y Felix Guattari, tuvieron todo ésto[3] muy en cuenta cuando postularon su programa lingüístico: “Hay que definir –comandaron– la abominable facultad que consiste en emitir, recibir y transmitir las consignas.” No hicieron nada de eso, pero afortunadamente sí se ocuparon de definir muy bien lo que entendían por consignas. Los cito para abreviar: «Nosotros llamamos consignas, no a una categoría particular de enunciados explícitos (por ejemplo el imperativo), sino a la relación de cualquier palabra con presupuestos implícitos.» Cualquier palabra, digamos «Babel», se relaciona con presupuestos no discursivos, como por ejemplo el estar cantando «himnos de alabanza» o el estar profiriendo «maldiciones». Se trata de actos inmanentes al uso del lenguaje sin los cuáles éste no sería nunca lo que es. Todavía más, las locuciones no son en general más que una excusa para garantizar estas ilocuciones y perlocuciones. Menciono brevemente, así nadie se ve obligado a abandonar esta amena lectura para ir al diccionario, que la filosofía del lenguaje (de Austin a esta parte) tiende a llamar ilocutorio a todo aquello que se hace al hablar y perlocutorio a lo que se hace hacer al hablar. Un ejemplo y dejamos esta cuestión para ir a lo que nos interesa: Si el acto locucionario fuera toda esta perorata sobre el lenguaje, el acto ilocucionario sería mi monologar como un obseso, y el perlocucionario la exigencia que les estaría haciendo de silencio, atención y reposo.

¿A qué hemos llegado entonces? A que el lenguaje (como dice Spengler) es transmisión de consignas, incluso -y acaso sobre todo (como dicen Deleuze y Guattari)- cuando la emisión no se explicita en la formulación de un mandato, o cuando la recepción no se explicita en la expresión de una obediencia. Y a que es cada uso del lenguaje (como dice Lang), cada ejercicio de transmisión de consignas, el que distribuye en torno suyo emisores mandatarios y receptores obedientes, condicionando prácticamente la semántica, la gramática y sus demás dimensiones. Me gustaría en definitiva someter a consideración el uso del neologismo «Ensignación»[4] para hacer referencia a esta facultad que consiste en emitir, recibir y transmitir las consignas. Neologismo que permitiría distinguirla, en pie de igualdad y al mismo tiempo de otras facultades, como la razón, la imaginación y la sensación, y de otras funciones del lenguaje como la designación, la comunicación y la información.

No digo nada del orden de las facultades para no entrar aquí en discusiones dieciochescas, pero vuelvo brevemente, antes de concluir, sobre el orden de las funciones del lenguaje. Digo, espero que no solo sino en la relativa compañía de mis fuentes francesas y alemanas, que el lenguaje es ante todo ensignación. Que la designación, la información y la explicación, tanto como la narración, la evocación y la interrogación son meros efectos de superficie. Contingencias que vienen a aligerar la necesaria transmisión de consignas. La maestra parece interrogar: «¿Cuál es la capital de Bhután?» Pero lo que hace es transmitir consignas: «Estése quieto y callado, respóndame correctamente, pruébeme que ha estudiado.» El periodista parece informar: «Simulando ser testigos de Jeováh tomaron a una anciana de rehén». Pero lo que hace es ensignar: «Quédese frente al televisor, no le abra a nadie, cómprese un arma.» El novio parece explicar: «El bondí tardó en venir, y después se le jodió el diferencial, y al relevo lo agarró un piquete.» Pero lo que hace es expresar su obediencia: «Se me dijo que estuviera aquí a las ocho, no debí llegar tarde, y haré lo que sea para compensarlo.» Todas las locuciones pueden variar –la maestra puede requerir los nombres de los cinco ríos siberianos, el periodista puede describir el ardid del malviviente que pretende deberle dinero a un pariente de la víctima y el novio puede aducir su imprevista participación como testigo en un procedimiento policial– siempre que las ensignaciones se mantengan, siempre que se transmitan las mismas consignas, siempre que se distribuyan del mismo modo los que mandan (maestra, periodista, novia) y los que obedecen (alumno, televidentes, novio). Diversas estructuras gramaticales, semánticas y fonéticas pueden concurrir a una misma práctica.    

A falta de conclusión, boceto de programa para un pragmática emancipatoria

Un último ejemplo: A la locución que anunciaba una conclusión, le correspondía como ilocución una falsa promesa y como perlocución un desesperado pedido de atención. Pero a falta de conclusión y a modo de disculpa ofrezco a continuación una lista razonada de experimentos para poner a prueba lo antedicho y de paso reevaluar algunos usos típicos del lenguaje.

Primer procedimiento: Es difícil porque supone concurrir a un espacio público y supone ciertos riesgos. Si se trata de un espacio cerrado (facultad, centro cultural, juguetería) gritar a viva voz «juego», «juego». Si se trata de un espacio abierto (calle, plaza, jardín zoológico) aguardar a que alguien pase corriendo cerca y gritar a viva voz «padrón», «padrón». Si, como en mi experiencia, la primera opción redunda en una estampida temerosa de un incendio y la segunda en diversos intentos de aprehender al –o de huir del (dependiendo del temple anímico de los transeúntes)– inocente corredor. La preeminencia de la pragmática sobre la semántica y la fonética estará, al menos parcialmente, probada.

Segundo procedimiento: Mucho más fácil. Tiene un valor crítico más que probatorio. Si se dispone de un televisor se puede llevar a cabo sin abandonar la vivienda. Muñirse de algo para anotar y acomodarse frente a la tele. A lo largo de una hora -por lo menos- consignar en dos columnas separadas, por un lado las conductas que se nos proponen explícita y discursivamente: «no se vaya que enseguida volvemos» o «tome Coca-cola», y por otro las que se suponen implícita y no discursivamente: «quédese allí sentado», «escuche y vea sin ser visto o escuchado». Algunas de las tesis expuestas antes saldrán fortalecidas si la segunda columna resulta más extensa y significativa que la primera.

Tercer procedimiento: Todavía más fácil. Y todavía menos probatorio y más crítico. También frente a la tele, o frente a cualquier máquina de comunicación masiva (radio, prensa burguesa) cuando simula cumplir una función informativa. Tomar nota de los errores en la información. Si éstos llegan, como suelen llegar, al borde de la provocación[5], habrá que sospechar o del funcionamiento de estas máquinas o de el orden de sus prioridades. No tengo que decir que tiendo a sospechar de lo segundo.

Cuarto procedimiento: Facilísimo, crítico y definitivamente no probatorio. Separar el acto locucionario que acaba de tener lugar, del acto perlocucionario que supuso: ¿Qué tan aburrido, o qué tan convincente ha resultado este envío? ¿Cuáles son las posibilidades de que comience a utilizarse el término ensignación, o de que se lleve a cabo alguno de los procedimientos sugeridos? En fin ¿cuánta indiferencia ha suscitado, o cuántas ganas de escribir una refutación para el próximo número?




Notas:




[1] La traducción de García Morente dice “bravísimas”, lo que a mi entender es a todas luces un error, pero uno cargado de sentido.
[2] De las múltiples canalladas de Oswald Spengler (entre las que no se cuenta, a pesar de lo que se suele creer, ningún tipo de simpatía hacia el nacional socialismo), no me gustaría dejar sin mencionar tampoco su costumbre de llamar a los “marxistas y literatos” -i.e.: nosotros- “infrahombres de las grandes urbes”.
[3] Citan aquí y allá a Oswald Spengler. No puedo probar que hayan visto “Metrópolis”, pero tengo que darlo por seguro.
[4] Habría propuesto el más literal “Consignación” si no me recordara la infame tarea de dejar revistas en consignación en las librerías y otras similares.
[5] Durante el último conflicto en la U.B.A. los movileros de Radio Continental no se cansaban de entrevistar al Dr. “Tirchner”, decano de la Facultad de Filosofía y Letras; En el marco de las disputas suscitadas por la difusión de ciertos evangelios apócrifos Jorge Guinsburg invitó a su programa matutino de Canal 13 al “sacerdote” Rubén Dri e hizo caso omiso cuando éste, a lo largo de la entrevista, insistió en que hacía muchísimo que había dejado los hábitos; El Deportivo de Clarín “informó” con lujo de detalles la clasificación de Rosario Central a la segunda fase de la última Copa Libertadores de América).