Máquinas abstractas


Es raro hallar textos que utilicen los conceptos de Mil planicies sin que esos conceptos acaben o bien despolitizados (en buena medida, la producción académica es ejemplo de eso) o bien mistificados (en buena medida, la producción no académica es ejemplo de esto). Ofrecemos aquí uno de aquellos raros ejemplos, publicado en el número 15 de la revista Dialéktica (2003).




[El maquinista de la general (1926), o «lo que las flores esconden».]


Las flores del mal
4 de julio de 1776 y 26 de agosto de 1789


Patricio McCabe

Florencio Noceti





La crítica no arranca de las cadenas las flores ilusorias, para que el hombre soporte las frías y desnudas cadenas, sino para que se desembarace de ellas y broten flores nuevas...
Karl Marx

Abstractas, singulares y creativas, aquí y ahora, reales aunque no concretas, actuales aunque no efectuadas, por eso las máquinas abstractas están fechadas...
Gilles Deleuze - Félix Guattari


Confundidos por los mass-mierda

Cuando los Estados Unidos de Norteamérica invadieron Irak por última[1] vez, nos propusimos permanecer atentos a la producción de los «medios» de comunicación masiva (lo cierto es que no podíamos hacer mucho más que eso), y –perplejos ante ciertas intervenciones (algunas de las cuales reproduciremos más abajo para recreación del lector)– desempolvamos parte del viejo arsenal de citas marxianas y marxistas en el vano intento de entender algo de lo que ocurría. Como de costumbre, empezamos a ver máquinas funcionando por todas partes (no, no estábamos bajo el efecto de psicotrópicos), y al final quedamos mucho más confundidos que al principio. Eduardo Glavich, Karla Castellazo y Julieta Arosteguy, a quienes estamos profundamente agradecidos, trataron de ayudarnos en distintas oportunidades, pero fue inútil. Las páginas que siguen son todo lo que ha quedado de este agotador ejercicio.


Consideremos, para empezar el recorrido, dos de las más autorizadas entre las intervenciones que llamaron en su momento nuestra atención. Reunida con José María Aznar y sus secuaces, mientras el 90 % de la opinión pública española gritaba «no nos representan», Condoleza Rice - muy suelta de cuerpo- dijo: «Los gobiernos no deben hacer caso necesariamente a la opinión de la mayoría de los ciudadanos»[2]. Y otro angelito, Henry Kissinger, había declarado poco tiempo antes: «Finalmente, es importante tener en cuenta que la consulta es un proceso; es el liderazgo el que da origen a un mundo mejor.»[3] Algo andaba mal ¿Qué hacían los más destacados representantes del capital colectivo descalificando «la opinión de la mayoría de los ciudadanos» y relativizando el valor de «la consulta»? Ironizando, en un interesante artículo del que nos ocuparemos a continuación, Jürgen Habermas diría: «Las guerras que mejoran el mundo no necesitan ninguna explicación adicional».


Muchos, incluso en las más altas esferas del propio capital colectivo, no estaban de acuerdo y salieron, precisamente, a pedir explicaciones adicionales. El discurso liberal y belicista de las potencias anglosajonas (y sus escasos aliados) chocó con toda clase de intervenciones cosmopolitas y politizantes. Francia, en particular, volvía al ruedo con una batería de argumentos extraídos de su tradición iluminista, apelando a la libertad, la igualdad y la fraternidad de todos los hombres, e incluso de todas las naciones, y a la preeminencia del interés general sobre el particular. Uno de sus filósofos de estado, Bernard-Henri Lévy acuñaba para la ocasión el concepto de «anti-nación». Decía: «Cuando los padres fundadores de Europa decían Europa, pensaban, no en otra nación, sino más bien en una anti-nación. Tenían en mente, no un nuevo país, sino una máquina original, maravillosa —y es esa máquina lo que funciona en cada país para debilitar la pasión maligna, devastadora y sangrienta del nacionalismo»[4]. La tensión con el proyecto del nacionalismo liberal anglosajón resultaba explícita, incluso desde la utilización del personaje conceptual predilecto de la tradición antagónica, el padre fundador.


Pero Lévy parecía dispuesto a llevar la cuestión mucho más allá: «Europa, en otras palabras, no es la forma ideal de comunidad, finalmente descubierta, de la cuál la nación, la región, o sabe Dios qué, habrían sido meros bosquejos o borradores. Europa es el principio que recuerda a cada comunidad, particularmente a aquellas de tipo nacional, que la comunidad ideal no existe, y que en última instancia no es más que un sueño arrogante y sangriento». Algo andaba muy, pero muy mal ¿Que hacía Europa presentándose como el contrapeso político del belicismo nacionalista tipificado por los Estados Unidos de Norteamérica? Al nivel de la comunicación masiva sólo pudimos encontrar una explicación plausible; la antedicha intervención de Jürgen Habermas. En un artículo intitulado «La revolución según Washington» el filósofo alemán retrotraía la desavenencia a los tiempos de la intervención de la O.T.A.N. en Kosovo, para decir: «Hoy Occidente mismo está dividido por este desacuerdo normativo. A partir de ese momento [la última guerra en los Balcanes], vimos dibujarse entre las potencias europeas continentales y las potencias anglosajonas una diferencia notable en las estrategias de justificación (...). Yo adjudiqué entonces esa divergencia a tradiciones jurídicas diferentes, vinculando a una con el cosmopolitismo kantiano y a la otra al nacionalismo liberal de John Stuart Mill»[5].



Lamentable devenir habermasiano y vuelta a Marx

Mal que nos pesara (lo odiábamos desde los tiempos de su Teoría de la Acción Comunicativa), la tesis de Habermas era atendible: Efectivamente había un desacuerdo, y no se trataba de una cuestión meramente coyuntural. En los términos de nuestro poético epígrafe marxiano (hasta ahora olvidado): «Las cadenas» bien gracias, pero algo andaba mal con «las flores». O sea: La subsunción real de la sociedad a manos del Capital permanecía incólume, pero la gran máquina abstracta que nos subsume parecía tener algún cortocircuito al nivel de lo que Habermas llamaba las «estrategias de justificación» («tácticas de legitimación» hubiera sido mejor pero bueno, no todo se puede). Y si bien resultaba obvio que lo que estaba en discusión no era como desembarazarse de las cadenas, parecía no haber acuerdo acerca de si acaso éstas podían ser soportadas frías y desnudas (en esta dirección apuntaban Rice y Kissinger), o si hacían falta flores ilusorias (como la Europa de Lévy).


Fue horrible, durante algunas semanas fuimos presas de un devenir habermasiano: discutíamos «situaciones ideales de habla», alternábamos con estudiantes de letras y hasta consideramos la opción de cortarnos el pelo. Pero el aburrimiento primero, y más tarde ciertas sospechas despertadas por el carácter apenas «normativo» del desacuerdo y el hecho de que fueran solo las «tradiciones jurídicas» las que garantizaran la trascendencia de la disputa nos alejaron del último sobreviviente de la escuela de Frankfurt (para entonces muchos compañeros ya nos habían retirado el saludo). Por lo demás, nos preguntábamos, si la cuestión era meramente genealógica, por qué no llevarla mucho más allá: Al fin y al cabo allí estaba Thomas Hobbes, más de un siglo antes de que Mill & cía. empezaran a hacer de las suyas, diciendo que los soberanos de cada nación siempre «están, a causa de su independencia, en continuo celo, y en el estado y postura de gladiadores; con las armas apuntando y los ojos fijos en los demás; esto es, sus fuertes, guarniciones y cañones sobre las fronteras de sus reinos, e ininterrumpidos espías sobre sus vecinos; lo que es una postura de guerra.»[6] Y en el continente, antes incluso de que Kant naciera, Giambattista Vico ya sostenía: «Finalmente llegadas a mutuo conocimiento las ciudades por comunes negocios de guerras, alianzas, comercios, los derechos naturales civiles se espaciaron a mayor holgura que todas las anteriores en un derecho natural de las gentes segundas, o sea de las naciones unidas entre sí, como una gran ciudad del mundo; y éste es el derecho del género humano.»[7]


Definitivamente las diferencias entre quienes se empeñaban en mantener una «postura de guerra», y aquellos que hablaban de una “gran ciudad del mundo” eran anteriores incluso a los tiempos lejanos en que los utilitaristas discutían a Kant, y no podían reducirse a cuestiones jurídicas y normativas. Tenía que haber algo más, pero ¿dónde empezar la búsqueda? Seguro que no en las máquinas de comunicación masiva, Habermas era el máximo de profundidad que podían reproducir. Tampoco en un catálogo de dignitate hominis de la moderna filosofía política. No había más remedio que recurrir a una antigua receta rusa: «Marx y siempre Marx para no morir de trivialidad». Había que ponerse a leer a Marx. Los infinitos tomos de El Capital nos amenazaban desde un estante y por un momento temimos lo peor (nadie quiere terminar como Poulantzas), pero por fortuna bastó con una edición destartalada de «La Cuestión Judía» que una abuela había traído de España antes de la guerra civil (Ediciones Dialéctica, aunque usted no lo crea, sin «k» pero Dialéctica al fin), unas fotocopias de los Grundrisse que habían quedado de algún taller con Glavich, y esa versión horrible de La ideología alemana encuadernada por Editorial Pueblos Unidos en un símil arpillera que da ganas de balearse en un rincón, pero que por algún motivo está en todas nuestras bibliotecas.

Por fin una hipótesis de trabajo

De a poco, no podemos decir a ciencia cierta cómo, fue tomando forma la que todavía es nuestra hipótesis de trabajo: La disfunción, acaso superficial, pero disfunción al fin, observada en la gran máquina abstracta de subsunción, respondería al ejercicio rival de, al menos, dos entre los tipos de máquinas que se componen con ella para garantizar su funcionamiento. Digresión: La definición del capital en términos de máquina abstracta (desde su aparición hace un par de párrafos) y la utilización libre del concepto “tipo” en su sentido biológico (phylum y la transliteración filo son sus usos más extendidos) ya deben haber puesto en estado de movilización general a algunos de nuestros contados lectores y dos o tres de ellos ya deben tener la conclusión de Mil Mesetas a mano para preparar una refutación ¡Calma que somos pocos y nos conocemos mucho! Entendemos que el despliegue de la subsunción real responde a la marcha de lo que Deleuze y Guattari denominan una máquina abstracta sobrecodificante o axiomática, aquella que realiza «las totalizaciones, las homogenizaciones, las conjunciones de cierre.» Y preferimos esta definición maquínica, a otras más clásicas, precisamente en la medida en que insiste en el carácter eminentemente impersonal, funcional, filial y relacional de aquello que describe[8].


Hay que aclarar que, como de costumbre, trabajábamos como si la producción de abstracción a partir de las singularidades concretas fuera una de las operaciones predilectas del capital en todas sus formas (o, si se quiere, de todas y cada una de las infinitas máquinas técnicas, pero también políticas, sociales, económicas, científicas y bélicas –por nombrar algunas clases– que integran esa gigantesca mecanósfera llamada capitalismo). Y es que es mediante este procedimiento, según veremos más adelante en las palabras del propio Marx, que se reduce la complejidad de la vida social a la figura simple de la ciudadanía política, en la que el hombre, homogeneizado y despojado de sus atributos peculiares, se convierte en un voto abstracto. Escindida, en la ciudadanía, la dimensión política del entramado social, queda éste último despojado de toda potencia política. O, lo que es lo mismo pero en términos económicos, se trata, en aras de la producción, de reducir el todo de la laboriosidad humana a mera fuerza de trabajo abstracta. Pero es suficiente aclaración de nuestra parte, sobre todo considerando que lo que sigue en este tortuoso recorrido, es una serie de citas del mismísimo autor de Das Kapital.


Veamos entonces: ¿Qué fue lo que leímos en la obra de Karl Marx que nos hizo pensar que allí había claves para disipar la confusión en la que nos había sumido nuestra atención a los mass mierda? En principio dos descripciones, correspondientes al modus operandi de sendos linajes de formas políticamente activas (o, más estrictamente, reactivas), cada uno de los cuales tendría, como todo linaje, su origen común. El primero (en cuyo funcionamiento Habermas reconociera cierto nacionalismo liberal anglosajón) originado en el impulso de la Revolución Inglesa, trunco en los tiempos de Hobbes, pero definitivamente desatado a partir de la Revolución Norteamericana. Y el segundo (que no habría inconveniente tampoco en describir según los términos de un cosmopolitismo socialdemócrata continental) cuyo ejercicio habría alcanzado la plenitud a partir de la Revolución Francesa. Leímos como en los Grundrisse al editor de la Reinische Zeitung se refería a los Estados Unidos de Norteamérica como «...un país en el que la sociedad burguesa no se ha desarrollado bajo la base del sistema feudal, sino que ha comenzado por sí misma; en el que ésta no se presenta como el resultado vivido de un movimiento plurisecular, sino más bien como punto de partida de un nuevo movimiento; en el que el Estado, a diferencia de todas las formaciones nacionales precedentes, ha estado desde el principio subordinado a la sociedad burguesa, a su producción, y nunca ha podido avanzar con la pretensión de perseguir un fin autónomo; en el que de hecho, la propia sociedad burguesa, uniendo las fuerzas productivas de un viejo mundo con el territorio natural ilimitado de un nuevo mundo, se ha desarrollado en dimensiones y con una libertad de movimiento hasta ahora ignoradas, ha superado ampliamente todo cuanto se había hecho en el pasado para someter las fuerzas de la naturaleza, un país en el que al final los antagonismos de la sociedad civil se presentan sólo como momentos transitorios»[9].


Y poco después, en La Cuestión Judía, encontramos una deconstrucción avant la lettre de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (texto de batalla del segundo de nuestros «tipos»), que se concentraba en la «y» que separa al «Hombre» del «Ciudadano». Decía allí Marx: «¿Quién es el hombre distinto del ciudadano? Nadie más que el miembro de la sociedad civil. (...) Comprobamos ante todo el hecho de que los llamados derechos del hombre distintos de los derechos del ciudadano, son los derechos del miembro de la sociedad civil, es decir, del hombre egoísta, del hombre separado del hombre y de la comunidad»[10]. La conjunción opondría la vida abstracta del hombre a su vida material, inaugurando una existencia escindida. La operación del linaje de máquinas promovidas por la Revolución Francesa, intentaría de allí en más probar, siempre según el autor de El Capital, que «el hombre lleva, no sólo en el pensamiento y en la conciencia, sino en la realidad, en la vida, una doble vida, celestial y terrestre; la vida en la comunidad política donde integra la comunidad y la vida en la sociedad civil donde acciona como hombre privado, ve en los demás simples medios, se rebaja a sí mismo al papel de simple mediador y se convierte en juguete de fuerzas extrañas».

Digresión maquínica ilustrada

Ahí estaban: En el mundo anglosajón, pero sobre todo en los Estados Unidos de Norteamérica, un phylum integrado por máquinas exogámicas para las que «los antagonismos de la sociedad civil se presentan sólo como momentos transitorios» y la acción se despliega sobre un «territorio natural ilimitado» y exterior. Y en la Europa continental, y sobre todo en Francia, un linaje de máquinas endogámicas, concentradas en las «fuerzas extrañas» que actúan al interior de la propia «sociedad civil». El primero empeñado en un desarrollo simple que es eminentemente expansión espacial «que ha comenzado por sí misma», «como punto de partida de un nuevo movimiento». El segundo, caracterizado por un accionar complejo, «resultado vivido de un movimiento plurisecular» que «se ha desarrollado bajo la base del sistema feudal», llamado a componerse con formaciones precedentes y a resolverse, sobre todo, en su duración en el tiempo. En definitiva: Máquinas de propulsión, apropiación y producción de fuerzas aparentemente nuevas en el orden de la simultaneidad espacial, frente a máquinas de transporte, combinación y distribución de fuerzas preexistentes en el orden de la sucesión temporal.





Figura 1: «Máquinas simples de propulsión» (catapultas),
según un antiguo manuscrito árabe.
Biblioteca Nacional, París.




Figura 2: «Máquina compleja de transporte» (barco),
según un antiguo manuscrito árabe.
Biblioteca Nacional, París.



Retomando el recorrido tras la distracción seguramente ocasionada por las figuras absurdas que en su momento supimos conseguir: La disfunción en la mecanósfera capitalista, expresada por sus operarios a lo largo de toda su historia (Mill versus Kant, pero antes también Hobbes versus Vico y ahora - entre otros- Rice y Kissinger versus Lévy) sería, por supuesto jurídica e ideológica, pero también e indisolublemente: técnica, política, social, económica, científica, bélica, etcétera, etcétera, etcétera. Y hasta allí todo iba muy bien, adiós a Habermas, adiós a las poleritas a rayas, adiós a los anteojos de marco grueso y adiós a las delgadas estudiantes de letras con hebillitas de plástico en el pelo (que al fin y al cabo tanta bola no nos daban) y todos contentos ¿Pero cómo explicar tanta disfunción? Simple, nos dijimos, es sabido que estás máquinas sobrecodificantes, axiomáticas y –digámoslo– paranoicas, cualquiera que sea su linaje, son esencialmente reactivas, o sea que, en mayor o menor medida su fuerza depende de la apropiación, en los diversos territorios en los que operan, de fuerzas activas que les son ajenas (esto, hay que reconocerlo, se decía mejor y más claro hasta hace unos años cuando se repetía: «El capital necesita al trabajo, el trabajo no necesita al capital»).


La cuestión parecía ser que el linaje I, que provisoriamente denominábamos «anglosajón», se caracterizaba por expropiar principalmente (y solo principalmente) «hacia afuera», privilegiando la extensión en el espacio. El tipo de máquina abstracta número II, que, también provisoriamente, denominábamos «continental», en tanto, tendía (y solo tendía) a expropiar «hacia adentro», prefiriendo tal vez la acumulación en el tiempo. Volviendo sobre nuestro vetusto catálogo de citas, nos tentaba oponer la figura anglosajona del propietario con «sus fuertes, guarniciones y cañones sobre las fronteras», cuyo constante desplazamiento sería la principal fuente de medios de producción, a la imagen del ciudadano europeo continental con sus «comunes negocios» en los que los medios más adecuados no serían otros que los demás miembros de la propia sociedad de «naciones unidas entre sí». Ambos personajes, lo sabíamos, burgueses al fin, se preocupaban ante todo por su libertad de ejercer la explotación pero mientras que la del primero se jugaba, precisamente, en la expansión de su propiedad, la del segundo dependía de la duración de sus garantías de igualdad y fraternidad.


A esa altura, nos resultaba obvio que el tipo de resistencia ofrecida por las fuerzas activas original, y constantemente expropiadas por cada phylum, fuerzas principalmente externas y naturales en un caso (I) y fuerzas internas y sociales o civiles en el otro (II), había ido obligando a cada uno, a lo largo de los sucesivos procesos de explotación, a distintas adaptaciones y mutaciones que explicaban las profundas diferencias entre ellos. En definitiva, nos parecía lógico que no fuera un mismo tipo de máquina, digamos, a fines del siglo XIX, el que parasitara a los obreros de la industria química alemana y el que arrasase con las manadas de bisontes del lejano oeste. Y para colmo, por entonces, en nuestros diarios y televisores, teníamos a las máquinas burguesas inglesas y estadounidenses bombardeando prácticamente todo lo que se moviera más allá de sus fronteras , mientras las máquinas burguesas francesas y alemanas parecían mucho más ocupadas en el recorte del gasto social al interior de las suyas propias. Y así fue que una vez más nos dejamos llevar, y pasamos por alto todos los matices que nuestra hipótesis merecía, y entre ellos uno fundamental que nos apresuramos a consignar en este relato antes de que su omisión nos sea enrostrada: Ambos linajes, desde sus orígenes, habían ido entrecruzando su ejercicio, hasta operar indisolublemente ligados cada uno en el territorio del otro (es sabido que, así como el phylum I extrae buena parte de su energía del «tercer mundo» que se «hospeda» en su territorio, el bienestar del phylum II depende, en no menor medida, de las fuerzas activas que operan fuera de el viejo continente).

Últimas citas y desesperación

Acostumbrado a la brevedad de nuestros escritos, el lector habitual ya debe estar sospechando a esta altura, que la horrenda edición de La ideología alemana perpetrada por Pueblos Unidos fue mencionada en esta crónica al solo efecto de hacerlo sufrir. Nada más falso, lector, no sea paranoico; leímos en ese texto: «En efecto, cada nueva clase que pasa a ocupar el puesto de la que dominó antes de ella se ve obligada, para poder sacar adelante los fines que persigue, a presentar su propio interés como el interés común de todos los miembros de la sociedad»[11]. Y nos pareció observar, una vez más, al menos dos líneas divergentes en la acción mixta que garantiza el dominio en cuestión: La línea correspondiente a nuestro segundo tipo (el denominado europeo o continental) aparecía abocada, otra vez, a una ideologización endógena que intentaba convencer, sobre todo, a los sectores disidentes de su propio cuerpo social, en tanto que la línea correspondiente al phylum antagónico (americano o anglosajón, habíamos dicho), privilegiaría la ideologización exógena, destinada a las «víctimas» de las teocracias brutales y las dictaduras bárbaras que se extienden más allá de sus fronteras. Teníamos, y tenemos, sin embargo la sensación de que toda la ideologización tiende a quedar del lado de las máquinas europeas, cosmopolitas, y socialdemócratas, y que de a poco, las máquinas americanas, nacionalistas, y liberales se van desembarazando de sus propias flores, y que las imágenes de cormoranes empetrolados por la maldad de la Guardia Republicana Iraquí, de hermosas afganas liberadas de las burkas que les impusieran viles talibanes y de niños cuyos miembros amputados son reemplazados por prótesis de última generación, imágenes con las que todavía nos bombardean, no son más que resabios de un modus operandi para ellas agotado.


Pensábamos que tal vez, en su esfuerzo por distinguirse de las máquinas feudales que las precedieron, y en cuyo ejercicio la explotación económica y la opresión política estaban indisolublemente ligadas[12], las máquinas burguesas europeas (phylum II) podrían haber insistido demasiado en aquella abstracción, aquella separación o disociación de la economía y la política, garantizada a su vez por la mediación de una maquinaria estatal supuestamente neutra y capaz de sostener la equidad política a pesar de la desigualdad económica. El desarrollo socialdemócrata, apuntalado por la neutralidad abstracta y política, pero sobre todo por la capacidad de distribución concreta y económica de su «estado de bienestar», nos parecía insostenible en el mediano o largo plazo. Y es que las grandes dificultades para la acumulación estarían minando el sustrato material de la pretendida igualdad formal. Tal vez, el funcionamiento innovador del linaje de las máquinas burguesas americanas (phylum I), permitiría una caracterización más fría y desnuda de su propia maquinaria estatal, admitida ya como capitalista colectivo o, en las bellas palabras de Marx (prometemos no volver a citarlo): como «la junta de negocios de la burguesía». Las máquinas de este tipo nos resultaban cada vez más prescindentes en relación a las pretensiones de igualdad (por abstracta que esta sea) de todos los hombres en el cielo de la política (a pesar de la desigualdad en el infierno de la economía) y de neutralidad del estado. Y en este sentido, acaso paradójicamente, su ejercicio tendería a asemejarse al de los movimientos anticapitalistas que cada vez más desconfían de la neutralidad y de la capacidad estatal.


Todo había terminado, estábamos peor que al principio y encima ya nos habíamos comprometido a entregar un artículo inolvidable capaz de echar luz en áreas inexploradas. Sólo nos quedaba sincerarnos, relatar lo ocurrido (tal y como lo acabamos de hacer), y consignar a modo de consuelo un par de citas halladas a último momento, que resultaban mucho más cercanas a nosotros (más cercanas en el tiempo que las de Marx, Vico y Hobbes, y más cercanas en el pensamiento que las de Habermas, Lévy y compañía). Citas en las que creímos distinguir los ecos de nuestra bendita disfunción, y lo que es mucho más, la posibilidad de aplicarla al pensamiento de la propia situación local, lo que no era poco habida cuenta del fracaso de nuestro proyecto megalómano de comprensión global. Teníamos en primer lugar a Michel Foucault invirtiendo la famosa máxima del Von Clawsewicz, para explicar a la política como la continuación de la guerra por otros medios. Decía Foucault: «Y si es verdad que el poder político que detiene la guerra hace reinar o intenta hacer reinar una paz en la sociedad civil, no es para suspender los efectos de la guerra o para neutralizar el desequilibrio que se manifestó en la batalla final»[13]. La filiación de la revolución francesa (phylum II) habría permanecido fiel al estratega alemán, confiando en la preeminencia de la política, capaz de «suspender los efectos» y de «neutralizar el desequilibrio», por sobre la guerra. Mientras que el linaje anglosajón (phylum I) parecería, junto a Foucault y a muchos otros anticapitalistas, dispuesto a admitir el carácter originario de la guerra y la función derivada de la política consistente en prolongar por medios pacíficos la correlación de fuerzas establecida en la batalla.


Y en segundo lugar, teníamos al amigo Peter Sloterdijk que (enterado acaso de nuestras tribulaciones) había contribuido a la confusión general en una entrevista en la que se refería a la oposición europea a la guerra en estos términos: «Es posible que esta división entre Estados Unidos y Europa sea el núcleo cristalizador de una Declaración de Independencia Europea y que, a largo plazo, todo será mucho más incómodo para Estados Unidos»[14]. Para sostener, más adelante, y ante la propuesta del entrevistador (que al parecer había leído el mismo artículo de Habermas desde el que arrancamos nosotros) de oponer un «Estados Unidos hobbesiano a una Europa kantiana», que «es posible utilizar también dos metáforas botánicas. El hobbesianismo con frecuencia se relaciona con la idea de poner orden en la jungla, mientras que el modo kantiano de la política podría describirse con la metáfora del invernadero, en el que ya se ha construido una cubierta de cristal en torno de la naturaleza y se ha determinado un clima común para las comunidades de las plantas: el del espacio normativo, el de los buenos modales. Los norteamericanos incurren con frecuencia en la ilusión  de que pueden hacer política por fuera del invernadero y marcharse directamente a la jungla para labrar las materias primas no reguladas de la violencia y el desorden.»[15]

Efectos colaterales de tanta acumulación de citas y breve, brevísima, esperanza final

Lo interesante era que otra vez de a poco, y sin que pudiéramos decir a ciencia cierta cómo, nuestras inútiles cavilaciones y nuestra paciente acumulación de citas habían ido delimitando otra forma de pensar la coyuntura local. Resulta que al parecer, la mecanósfera capitalista habría encontrado en la Argentina de los últimos años un laboratorio privilegiado para probar el funcionamiento de sus distintos tipos de máquinas. En clave foucaultiana: La guerra que el capital gana en 1976 es continuada por medios políticos hasta nuestros días (así la democracia que se presenta como fruto de la resistencia, pasa a ser el resultado concreto de la derrota). Y ahora, tras más de diez años en la jungla menemista, a lo largo de los cuales los flujos del capital parecían poder gobernar en forma directa con prescindencia de las mediaciones políticas, todo indicaría que de lo que se trata es de reconstruir «el invernadero». O de reponer, por seguir con la jardinería, «las flores ilusorias» sobre «las frías y desnudas cadenas» (el estilo «K» parece forjado en las matrices europeas).


Y es que la disfunción entre estas tendencias deviene, si cabe, aún más patente ante los ojos de los atribulados habitantes de estas pampas. El carácter marginal que ocupa la Argentina en el concierto de las naciones[16] hace que aquí se haga sin demasiado disimulo lo que en otros países merece el mayor de los sigilos. Veamos: Mientras se saluda la creación de la Corte Penal Internacional (orgullo del phylum II) y se envían fiscales a abogar por la justicia cosmopolita, se suscribe un Pacto Unilateral de Inmunidad (último artilugio del phylum I) para las tropas estadounidenses operando en el territorio nacional; Y, por si un ejemplo más burdo hiciera falta, en el cielo de la política se goza del apoyo de las potencias extranjeras (flores ilusorias), mientras en el infierno de la economía se padecen sus presiones a nombre de las empresas privatizadas (frías y desnudas cadenas). El régimen, y tal vez el propio sistema, están aquí atrapados sin salida en el doble atolladero que le proponen, de un lado la defensa cada vez más abstracta de los intereses universales y del otro la defensa concreta de los intereses particulares. Y para peor de males, los movimientos sociales que en este último tiempo intentaron sacudirse  las cadenas, hartos de soportarlas frías y desnudas, últimamente parecen conformarse con el rebrote de las flores ilusorias.

Claro que si nuestro territorio ha sido y es escenario de experimentación por parte de los flujos de capital más o menos afectos a las mediaciones de la política, también es cierto que en estas latitudes ha habido margen para la producción de una sociabilidad alternativa a las codificaciones del capital. Ya sea que se lo considere en su versión más «fría y desnuda» o que se presente como «jardinero afecto a los buenos modales», es dable admitir que el capital ha ido encontrando en torno a los piquetes, en el impulso inicial de las asambleas populares, y en los pliegues de la maquina estatal universitaria alguna que otra alternativa al modus vivendi que propone e impone...



Notas:




[1] Utilizamos aquí (y más adelante para el conflicto en los Balcanes) “última” en el sentido de más reciente (estamos a septiembre del 2003), calculamos por lo demás que, tarde o temprano, EE.UU. volverá a invadir Irak, y la guerra volverá a estallar en los Balcanes, pero esas son otras cuestiones.
[2] Rice, Condoleza, «Consejos para oscurecer la democracia», diario Clarín del domingo 2 de marzo del 2003.
[3] Kissinger, Henry, «Contra Irak, mejor no actuar solos», diario Clarín del lunes 30 de septiembre del 2002.
[4] Lévy, Bernard-Henri, «A passage to Europe», Revista Time del 18 de agosto del 2003. La traducción es nuestra, y de paso señala como puede malversarse un concepto tan extraordinario como el de «máquina».
[5] Habermas, Jürgen, «La revolución según Washington», diario Página/12 del lunes 12 de mayo del 2003.
[6] Hobbes, Thomas, Leviatán, Buenos Aires, Losada, 2003, p. 131.
[7] Vico, Giambattista, Principios de una Ciencia Nueva en torno a la Naturaleza Común de las Naciones México, FCE, 1978, p. 51.
[8] Hemos abundado en torno a la potencia del concepto de máquina en nuestros anteriores artículos, en particular en aquel de 1999 (ver Dialéktica número 11). Y como sabemos que la posibilidad de que hayamos acumulado desde entonces nuevos lectores es remota (de hecho hemos perdido a muchos de los viejos) preferimos no aburrir a los pocos que nos quedan con más de lo mismo, los invitamos a revisar aquellos artículos o a recurrir directamente a sus fuentes.
[9] Marx, Karl, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política: Borrador, México, Siglo XXI, 1989, p. 842.
[10] Marx, Karl, La Cuestión Judía. Barcelona, Dialéctica, 1936, p. 50.
[11] Marx, Karl y Engels, Friedrich, La Ideología Alemana, Buenos Aires, Ediciones Pueblos Unidos, 1985, p. 52.
[12] Se sabe que la peculiar forma de dominio de la burguesía es más engañosa que la feudal. En el feudalismo, no había engaño posible, uno nacía en una tierra que tenía dueño y sus derechos estaban por completo supeditados a esa autoridad. Nadie dudaba que el señor era dueño de la tierra y de los siervos que de ella vivían.
[13] Foucault, Michel, Genealogía del Racismo. Buenos Aires, Altamira, 1992, p. 21.
[14] Sloterdijk, Peter, «Entrevista concedida al Suplemento Radar», Página/12 del 13 de julio del 2003.
[15] Más tarde el filósofo flamenco lo arruinaría todo confesando: «Claro, que yo tiendo a la opinión de que, en última instancia, no existe tal contradicción entre kantismo y hobbesianismo. Es decir sólo existe un invernadero común, en el que los unos afirman que hay que comportarse como en la jungla y los demás abogan por el papel de jardinero que está dispuesto a asumir la responsabilidad de todo lo que sucede en el espacio común». Pero sus metáforas botánicas nos parecieron atractivas y dignas de mención (tal vez por la deformación ocasionada por años de lecturas deleuzianas acerca de árboles, raicillas y rizomas).
[16] Sepa disculpar lector, entienda que hace años que escribimos teoría social y nunca habíamos podido meter «concierto de naciones» en un texto.